Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Cuando el almuerzo concluyo, la furia del trabajo abandono a Ben, y desganadamente llevo de uno a otro lado la carretilla hasta que la invitada partió. Pero esta vez no tuvo ocasión de prestar ayuda porque Pat, que quería ganarse una propina, atendió con mucha diligencia a la yegua y a su ama hasta el momento de la partida. Pero la señorita Celia no había olvidado a su pequeño guía y descubriendo una carita contrita tras la pila de leños, se detuvo en el portón e hizo un gesto que acompaño con su más encantadora sonrisa. Si en aquel instante Pat se le hubiera cruzado por el camino, lo habría derribado Ben, quien, saltando la cerca, corrió con el rostro radiante deseando que ella le pidiera un último favor. Inclinándose la señorita Celia deslizo una moneda en la mano del muchacho al mismo tiempo que decía:

—Lita quiere que te dé esto por haberle sacado la piedra de la pata.

—Gracias, señorita. Lo hice con gusto. Me duele ver que los animales sufran, especialmente cuando son tan lindos como esta yegua —contestó Ben acariciando con amor el cuello lustroso.

—Dice el alcalde que conoces mucho a los caballos, de modo que supongo conocerás su lenguaje. Es muy hermoso yo lo estoy aprendiendo —rió la señorita Celia. Chevalita relincho suavemente y metió el hocico en uno de los bolsillos de Ben.

—No, señorita. Yo, no he ido al colegio.


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