Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—¡Qué hermoso será ver la casa siempre abierta!… Podremos entrar, ver los cuadros y los libros cuantas veces queramos. Sé que podremos hacerlo porque la señorita Celia es muy buena —comenzó a decir Betty, quien prefería esas cosas a los pavos reales o a los burros.

—Tendrás que aguardar a que te inviten —indicó su madre cerrando detrás de ellas la puerta principal—. Es mejor que recojan los juguetes; a ella no le gustará verlos desparramados por el patio. Ben, si no estás muy cansado podrías pasar el rastrillo mientras yo cierro las persianas. Quiero que todo esté limpio y en orden.

Las pequeñas exhalaron gritos de aflicción y observaron con tristeza el querido «porch», las vueltas de la avenida por donde ellas acostumbraban a correr «mientras el viento silbaba en sus cabellos», como decían los libros de cuentos.

—¿Qué haremos? En el altillo hace calor, el cobertizo es muy pequeño y el patio está siempre lleno de ropas y gallinas. Tendremos que guardar nuestras cosas y no volver a jugar e lamento Bab, trágicamente.

—Quizá Ben pueda construirnos una casita en la huerta —sugirió Betty, quien creía firmemente que Ben era capaz de hacer cualquier cosa.


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