Bajo las lilas

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Finalmente, llegaron la señorita Celia, su joven hermano y dos criadas, pero era ya tan tarde, que sólo la señora Moss acudió para ayudarlos a instalarse. Los niños se consideraron defraudados, pero los conformaron asegurándoles que irían por la mañana a saludar a los recién llegados.

Se levantaron muy temprano, pero tanta impaciencia tenían, que la señora Moss los dejó salir aunque advirtiéndoles que sólo hallarían levantadas a las criadas. Se equivocaba, sin embargo, pues cuando la procesión se acercaba a la casa, una voz les gritó

—¡Buenos días, pequeños vecinos!…

Y el saludo llegó tan inesperadamente, que Bab estuvo a punto de derramar la leche, Betty dio un respingo tal que los huevos acabados de recoger casi se le caen del plato donde los tenía en tanto que la cara de Ben, que asomaba sobre el atado de alfalfa que llevaba para los conejos, se iluminaba con una amplia sonrisa, y, al mismo tiempo que saludaba con la cabeza, el niño dijo alegremente:

—Lita está muy bien, señorita; se la traeré en cuanto usted quiera.


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