Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Yo limpié el «porch». —Y el delantal de Betty se infló y desinfló a consecuencia del profundo suspiro que emitió la niña al echar una mirada a lo que había sido la residencia veraniega de su pobre familia exilada.

La señorita Celia comprendió el sentido de ese melancólico suspiro, y se apresuró a trocarlo en una alegre sonrisa preguntando rápidamente:

—¿Qué se ha hecho de vuestros juguetes? No los veo por ninguna parte…

—Mamá dijo que a usted le desagradaría ver nuestras cosas dando vueltas por aquí, por eso las guardamos en casa —contestó Betty con expresión apenada.

—Pues a mí me gusta ver juguetes desparramados por el jardín. Siempre he querido a las muñecas y echo de menos no verlas en el «porch» o caídas en el sendero. ¿Por qué no vienen a tomar el té conmigo esta tarde y traen, algunas? Me apenaría mucho privarlas del sitio donde acostumbraban venir a jugar.

—¡Nosotras vendremos, 'sin duda alguna!… Y traeremos nuestros más hermosos juguetes.

—Mamá nos deja llevar el juego de té y el perro de porcelana cuando vamos a jugar con alguien —dijeron Bab y Betty casi al mismo tiempo.


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