Bajo las lilas
Bajo las lilas —¿Doy la vuelta y la espero junto al portón, señorita? —preguntó Ben una vez que todo estuvo preparado mirando en dirección al «porch» desde donde la joven dama lo contemplaba mientras se colocaba los guantes.
—No, Ben. El gran portón no se abrirá hasta octubre. Yo entraré y saldré por la puerta pequeña y dejaremos que sólo el césped y las flores recorran la avenida principal —contestó la señorita Celia al mismo tiempo que, muy sonriente, subÃa al coche y tomaba las riendas.
Pero no partió, ni aún después que Ben sacudió el nuevo rebenque que luego dejó delicadamente sobre las rodillas de la dama.
—¿No está todo en orden? —preguntó el niño ansiosamente.
—No todo. Falta algo. ¿No te das cuenta?
La señorita Celia observó el rostro preocupado del muchacho, cuyos ojos iban desde la punta de las orejas de Lita hasta las ruedas traseras del faetón tratando de descubrir lo que faltaba.
—No, señorita, yo no… —comenzó mortificado ante la idea de haber olvidado algo.