Bajo las lilas
Bajo las lilas —¿No te parece que un pequeño palafrenero sentado en el asiento de atrás completarÃa el buen aspecto del carruaje? —dijo ella con una expresión tal que no cabÃa duda de que «él» iba a ser el dichoso muchacho que ocuparÃa el asiento posterior.
Ben, enrojecido de placer, pero contemplando sus pies descalzos y su blusa azul, vaciló y tartamudeó:
—No estoy presentable, señorita… No tengo otro traje.
La señorita Celia sonrió más bondadosamente que antes y con un tono que Ben comprendió mejor que las mismas palabras, contestó
—Cierto gran hombre dijo que toda su armadura eran las mangas de su camisa y un excelso poeta dedicó sus versos a un niño descalzo. ¿He de ser yo tan orgullosa como para que me moleste lleva a un muchacho sin zapatos en mi coche? ¡Arriba, Ben, pequeño palafrenero!… Vamos, de lo contrario llegaremos luego tarde a nuestra fiesta.