Bajo las lilas
Bajo las lilas De un salto el nuevo palafrenero se encaramó en su sitio donde se sentó muy derecho, las piernas rígidas, los brazos cruzados y la cabeza alta, como él había visto que lo hacían los verdaderos palafreneros cuando acompañaban a sus amos en los coches. La señora Moss los saludó cuando pasaron por la puerta, y Ben se tocó el roto sombrero con toda seriedad sin poder evitar, sin embargo, una sonrisa de placer, la que se transformó en franca risa de alegría en cuanto Lita arrancó con un trote vivo por la suave carretera, rumbo a la ciudad.
Con tan poco se puede hacer feliz a un niño, que es una pena que los mayores no lo recuerden más a menudo y distribuyan un poco de placer entre la gente menuda como quien reparte migas de pan entre los gorriones. La señorita Celia sabía que Ben estaba contento, aun cuando éste no encontrara palabras para expresar su agradecimiento por la gran alegría que ella le había proporcionado. Sólo atinaba a saludar con una inclinación de cabeza a cuantos cruzaban por el camino, a sonreír cuando la punta del largo velo gris de la señorita Celia le rozaba la cara, mientras de lo más profundo de su corazón brotaba el deseo de abrazar a su nueva amiga como lo hiciera tantas veces cuando su querida Melia conmovía su ternura.