Detras de la mascara

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—Venga, Gerald, ya sabes que mamá ha puesto mucho interés en ello, que papá lo deseaba, y que la pobre Lucía te ama desesperadamente. ¿Cómo puedes pensar en abandonar algo que a todos nos llenaría de dicha?

—A mí no me haría feliz, y permíteme la libertad de decir que ese dato es relevante. No estoy ligado a nadie, y no pretendo estarlo hasta que me sienta preparado. Ahora hablemos de Ned.

Bella obedeció, aunque por dentro se sentía herida y sorprendida. Optó por centrar su interés en Edward, quien de forma inteligente decidió aceptar su destino y prepararse para su viaje de varios meses. Durante una semana, toda la casa pareció muy emocionada por su partida, y todos, excepto Jean, se desvivían por serle útiles. En cambio, ella desapareció de escena. Por la mañana impartía sus clases a Bella, cada tarde salía con la señora Coventry y casi todas las noches se acercaba hasta la mansión Hall para leerle un rato a sir John, quien vio su deseo cumplido sin saber exactamente cómo ni por qué.

Después de despedirse de su madre, Edward bajó las escaleras para abandonar la casa. Se le notaba pálido porque había permanecido todo el tiempo que su osadía le había permitido en el pequeño dormitorio de Bella junto a la señorita Muir.

—Adiós, hermanita. Sé buena con Jean —susurró mientras daba un beso a la mejilla de la niña.


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