Hombrecitos

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—¿Es éste mi nuevo niño? Me alegro mucho de verte aquí y deseo y espero que te encuentres satisfecho —dijo la señora, acariciando al muchachito, que se sintió conmovido.

La señora no era bella; pero en el semblante, en las miradas, en el gesto, en los ademanes y en las inflexiones de la voz, tenía algo muy difícil de describir, pero muy fácil de ver y sentir; algo atrayente, afectuoso, simpático, agradable; algo «alegre» como decían los sobrinos.

La amable dama, acariciando a Nat, vio que temblaba, y se conmovió al notar la emoción del chico.

—Yo soy —le dijo— mamá Bhaer; este señor es papá Bhaer, y esos dos pequeñuelos son nuestros hijitos. Venid acá.

El corpulento señor se acercó, conduciendo a los dos pequeñines. Rob y Teddy, que saludaron a Nat haciendo una mueca. El papá dio un apretón de manos al visitante, y, ofreciéndole una silla baja junto a la lumbre, le dijo:

—Siéntate, hijo mío, y caliéntate; vienes empapado.

—¿Empapado…? ¡Pobrecito! —murmuró la mamá—. Vete desnudando, mientras yo te traigo ropa para que te cambies.


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