Hombrecitos
Hombrecitos —Creo que te quedarás con nosotros; aquà pasamos muy buenos ratos, ¿verdad, Medio-Brooke?
—¡Vaya si los pasamos! ¡Para eso vive en Plumfield la tÃa Jo!
—Me han dicho que esto es muy bonito —observó Nat.
—Esto es lo más bonito que hay en el mundo, ¿verdad, Medio-Brooke? —habló Daisy, que siempre juzgaba a su hermano como alta autoridad en todas las materias.
—No; Groenlandia, por tener montañas de hielo y focas, debe ser más bonito; con todo, me agrada Plumfield —contestó Medio-Brooke, que, por entonces, estaba consagrado a la lectura de narraciones; y ya se disponÃa a enseñar y a explicar las estampas del libro, cuando volvió la sirvienta y dijo a Nat:
—Está bien; espera.
—Me alegro, ahora viene la tÃa Jo —dijo Daisy, tomando a Nat, protectoramente, de la mano.
Medio-Brooke volvió a dedicarse a la lectura; su hermana llevó al niño nuevo a una habitación interior donde un caballero corpulento retozaba en el sofá con dos chiquitines; junto a él, una señora delgada terminaba de leer, por segunda vez, la carta de presentación del huésped.
—¡Aquà está, tÃa! —exclamó Daisy.