Hombrecitos

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Y como lo dijo lo hizo; poco después se encontró Nat cómodamente instalado cerca del fuego, y bien abrigado con excelente ropa.

La señora le ofreció unas zapatillas de abrigo, no sin preguntar antes a Tommy si las necesitaba.

—No, tía Jo, muchas gracias —contestó afectuosamente el dueño de las zapatillas.

La tía Jo pagó con una mirada de cariño la atención de Tommy, y luego, dirigiéndose a Nat, exclamó:

—Tommy nunca usa zapatillas; te estarán un poco grandes, pero no importa, así no podrás escaparte de casa.

—Señora, no pienso escaparme —respondió Nat.

El señor Bhaer estudió detenidamente lo encendido de los pómulos, lo seco de los labios, lo hundido del pecho y lo ronco de la tos del niño y después de cambiar significativas miradas con su esposa, dijo:

—Robin, hijo mío, ve y pídele a la niñera el frasco del jarabe para la tos, y el linimento.

Nat se asustó un poco con tales preparativos; pero se tranquilizó cuando el señor Bhaer le dijo por lo bajó:

—Fíjate en que el bribonzuelo de Teddy está haciendo esfuerzos para toser. Sabe que es muy dulce el jarabe que voy a darte y quiere probarlo.


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