Hombrecitos
Hombrecitos Aún no había terminado la primera cura, cuando sonaron varias campanadas, seguidas de ruidoso pataleo. Había llegado la hora de comer.
Doce niños se hallaban a cada uno de los lados de la mesa, haciendo cabriolas de impaciencia junto a sus respectivas sillas; el flautista procuraba llamarlos al orden. Nadie se sentó hasta tanto la mamá tomó su asiento, cerca de la gran tetera, teniendo a Teddy a la izquierda y a Nat a la derecha.
—Este es nuestro nuevo huésped, Nathaniel Blake —anunció la señora—. Después de comer lo saludaréis. Ahora, niños, silencio y calma.
El matrimonio Bhaer procuraba, y generalmente lo conseguía, que los chicos guardasen compostura durante las comidas. Lo mandaban poco y se hacían obedecer. Mas como hace falta de vez en cuando dejar que los pequeños se expansionen a sus anchas, todos los sábados por la noche se les concedía un rato de completa expansión.
—¡Pobrecillos! Hay que concederles siquiera un día para que griten, brinquen y jueguen a sus anchas, sin trabas ni restricciones. Sin completa libertad, no hay fiesta completa —solía exclamar la señora Bhaer, cuando veía que algunas personas se asombraban de que se consintiese a los niños cabalgar sobre los pasamanos de la escalera, arrojarse almohadas y cometer otros excesos.