Hombrecitos

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Dan se reía de la prohibición, y se complacía en hablar de su valor y de las refriegas en que había intervenido, y tan entusiastas eran las descripciones, que los oyentes sentíanse inflamados de ardores bélicos.

—Guárdenme el secreto y les enseñaré a luchar —dijo Dan.

Y reuniendo a media docena de condiscípulos tras el henil, les dio una lección de boxeo que dejó satisfechos a casi todos. Emil, sin embargo, no se resignaba a reconocer la superioridad de su camarada más joven —porque Emil había cumplido catorce años y era el gallito de la casa— y desafió a Dan. Este aceptó, y todos les rodearon interesados.

Sin duda, «el pajarito verde» llevó al maestro el cuento de lo que estaba sucediendo, porque en lo más áspero de la refriega, cuando Dan y Emil peleaban como embravecidos cachorros alanos, y cuando los demás los excitaban fieramente, apareció papá Bhaer, que separó a los combatientes con mano vigorosa, y exclamó con acento solemne:

—¡No puedo consentir esto! ¡Deténganse inmediatamente y que jamás vuelva a repetirse este espectáculo! Yo tengo escuela para niños, no para bestias salvajes.

—Que me suelten y volveré a zurrarlo de firme —voceó Dan, pugnando por desasirse.


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