Hombrecitos

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—¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Todavía no te he dado! —gritó Emil, que había caído cinco veces por tierra y no se daba cuenta de los golpes recibidos.

—Estaban haciendo de gladiadores… lo mismo que los romanos —observó Medio-Brooke, con los ojos desencajados por la excitación.

—Los romanos eran unos grandísimos brutos; creo que desde entonces hemos aprendido algo y no consiento que mi casa se convierta en Coliseo. ¿Quién propuso esto?

—Dan —dijeron varios niños.

—¿No sabías que estaba prohibido…?

—Sí.

—¿Porqué desobedeciste mis órdenes…?

—Si no aprenden a luchar van a ser unos flojos.

—¿Te ha parecido un flojo, Emil? —preguntó papá Bhaer, poniendo a los chicos frente a frente. Dan tenía un ojo acardenalado y la chaqueta hecha jirones; Emil tenía ensangrentado un labio, magullada la nariz y un chichón en la frente: sin embargo, miraba a su rival con ganas de renovar la pelea.

—Si aprendiera a luchar, sería un enemigo terrible —contestó Dan, incapaz de regatear elogios al adversario que le había obligado a desplegar todos sus recursos.


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