Hombrecitos
Hombrecitos —Bueno, pues, no hay más que hablar. Queda limitado tu castigo y el de tus compañeros a no salir de paseo hasta tanto la pobre «Suiza» se halle restablecida.
—SÃ, señor.
—Ahora baja a comer y procura conducirte lo mejor posible, hijo mÃo, más por ti que por nosotros.
El señor Bhaer se alejó cambiando un apretón de manos con Dan, y éste bajó a sentarse a la mesa mucho más domesticado por el cariño que si le hubieran administrado los latigazos que la indignada Asia recomendó.
Durante un par de dÃas Dan se moderó, pero falto de costumbre, se cansó pronto y volvió a sus antiguas mañas.
Papá Bhaer, por asuntos particulares, tuvo que pasar un dÃa fuera de casa y, con tal motivo, los niños no dieron clases. Esto les agradó y jugaron de lo lindo hasta la hora de acostarse: casi todos se durmieron como lirones.
Cuando Dan se vio con Nat, sacó, de debajo de la cama, una botella, un cigarro y una baraja, y dijo:
—¡Mira! Voy a pasar un buen rato, como los que he pasado con mis amigos de la ciudad. Aquà tengo cerveza y un cigarro que me ha vendido al fiado el vejete de la estación; tú te encargarás de pagar por mÃ, y si no que pague Tommy, que tiene mucho dinero, porque yo no tengo un céntimo. Voy a invitar a los compañeros.