Hombrecitos
Hombrecitos Dan se sonrojó ante aquella esperanza, pero se limitó a exclamar.
—Ignoraba que hubiese usted prohibido la celebración de corridas de toros.
Sin poder reprimir una sonrisa, al escuchar aquella excusa, dijo el maestro:
—No las prohibà expresamente porque no sospeché que aquà pudiesen celebrarse fiestas taurinas. Pero una de las primeras y principales leyes, de las contadÃsimas que tenemos establecidas, es la ley del cariño a todo ser que carece de la facultad de hablar. Deseo que personas y animales vivan a gusto en mi casa; que nos amen, nos sirvan y confÃen en nosotros, y deseo que recÃprocamente les amemos, sirvamos y confiemos en ellos. Muchas veces me han contado que tú te muestras más afectuoso con los animales que con las personas, y a mamá Bhaer le agradaba mucho este rasgo tuyo, por creerlo signo de buen corazón. Nos equivocamos y lo sentimos, porque aspirábamos a hacer de ti un hombrecito. ¿Podemos intentar de nuevo…?
Dan habÃa estado con la cabeza baja, dando vueltas al silbato; al oÃr la cariñosa interrogación de papá Bhaer, levantó la vista, y contestó con acento respetuosÃsimo que hasta entonces nunca empleara:
—SÃ, señor; si ustedes quieren.