Hombrecitos
Hombrecitos —No se preocupen por mí —indicó Dan.
Cuando papá Bhaer vio llegar a la vaca y se enteró de lo ocurrido habló poco por temor de ser demasiado severo. La «Suiza» ingresó en el establo, y allí se le practicó la primera cura. Los niños fueron enviados a sus habitaciones hasta la hora de comer. Durante ese lapso meditaron acerca del castigo que les impondrían, y en especial a Dan. Este, aparentando despreocupación, silbaba alegremente; mas en su fuero interno sentía mayores deseos de continuar viviendo allí, deseos que aumentaban al recordar las comodidades y el afecto de que estaba rodeado, y en su miseria y abandono de antes. Comprendía perfectamente lo mucho que habían hecho por él y experimentaba gratitud, pero las asperezas de la vida le habían hecho duro, indolente, tozudo y suspicaz. Odiaba todas las restricciones y se rebelaba contra ellas, aun sabiendo que eran justas. Imaginativamente vagabundeó como en otro tiempo por la ciudad, y al pensar en lo que le aguardaba, frunció las cejas y miró su risueño cuartito con expresión de pesadumbre, capaz de conmover un corazón infinitamente más duro que el de papá Bhaer. Pero la expresión se borró al entrar el maestro y decirle muy serio:
—Estoy al corriente de lo sucedido y sé que de nuevo has desobedecido; por mamá Bhaer voy a concederte un plazo.