Hombrecitos

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Pero Tommy se estaba durmiendo y a Nat le habían dado dolor de cabeza la cerveza y el tabaco, así que ninguno de ellos aprendía la lección de juego, y los naipes se les caían de las manos. La habitación se hallaba casi a oscuras, porque la linterna ardía muy mal; los juerguistas no podían reír ni hablar fuerte, ni moverse mucho, porque Silas dormía tabique por medio; la partida resultaba aburrida. En mitad de una jugada Dan se detuvo, cerró la linterna y preguntó con tono asombrado:

—No encuentro a Tommy —murmuró una voz temblorosa, al par que se oían pisadas menuditas en el pasillo.

—Es Medio-Brooke que habrá ido a buscarte. Corre, Tommy, métete en la cama y calla —ordenó Dan haciendo desaparecer toda señal de juerga y desnudándose rápidamente. Nat le imitó.

Tommy se largó a su cuarto en dos brincos, se zambulló en la cama y se echó a reír silenciosamente hasta que algo le quemó la mano; entonces vio que aún conservaba entre los dedos la punta del cigarro que fumaban cuando se interrumpió la fiesta. El cigarro estaba apagándose y el chico se disponía a aplastarlo cuando oyó la voz de Hummel; temiendo que la colilla lo delatase si la guardaba en el lecho, la arrojó debajo, después de oprimirla mucho para que dejase de arder.


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