Hombrecitos
Hombrecitos Los heridos estaban mejor y entonces llegó el momento de oír y juzgar a los pequeños culpables. Nat y Tommy confesaron la parte del pecado que les correspondía, y se mostraron afligidos por el grave peligro en que, imprudentemente, habían puesto a la casa, y a cuanto en ella había. Dan se negó a declarar y no quiso reconocer el daño que había hecho.
Papá Bhaer aborrecía sañudamente el juego, la bebida y la fea costumbre de jurar; nunca creyó que los muchachos se atreviesen a fumar, y lo enojó mucho ver que precisamente el niño con el cual se mostrara más condescendiente aprovechaba su ausencia para sembrar vicios entre sus compañeros. La amonestación, tan extensa como razonada, terminó con estas frases pronunciadas con firmeza y pesar:
—Tommy está suficientemente castigado con la cicatriz del brazo, que le servirá para recuerdo del suceso; Nat tiene bastante con el susto que ha llevado, y ya sé que deplora lo ocurrido y procurará obedecerme; pero tú, Dan, no mereces que de nuevo te perdone; no puedo consentir que me desobedezcas y que perjudiques a tus compañeros con malos ejemplos; despídete, pues, de todos y encarga a Hummel que disponga tu equipaje en mi maletita negra.
—Señor, ¿a dónde irá Dan? —exclamó afligido Nat.