Hombrecitos

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Este fue el único adiós que dio a los muchachos, porque todos se hallaban hablando del asunto en el granero, cuando Dan bajó y encargó a Nat que no avisara a nadie.

El ómnibus aguardaba en la puerta; Dan, entristecido y como angustiado, se acercó al señor Bhaer, y preguntó:

—¿Puedo despedirme de Teddy…?

—Sí; anda, ve y dale un beso; el pobrecito extrañará mucho a su Danny.

Nadie vio la mirada de Dan cuando se detuvo ante la cuna y se inclinó para acariciar al pequeñuelo. Mientras besaba a Teddy, oyó a mamá Bhaer decir:

—Fritz, ¿no podríamos conceder un plazo a este muchacho, para que se arrepienta y se enmiende?

—No, querida Jo; lo mejor es que vaya donde no pueda dar mal ejemplo, y se corrija con ejemplos buenos; dejémosle ir; te prometo que volverá.

—Es el único niño con quien hemos fracasado y por eso me aflijo más; siempre esperé que, a pesar de sus defectos, haríamos de él un hombre de provecho.

Dan, oyendo a mamá Bhaer, pensó pedir un plazo para demostrar su enmienda, mas el orgullo no se lo consintió. Irguiendo la cabeza y con altiva mirada, cambió apretones de manos sin pronunciar palabra, y se alejó en el coche con el señor Bhaer, mientras Nat y tía Jo, con los ojos llenos de lágrimas, los veían irse.


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