Hombrecitos

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—Ya sabes, querido Fritz, que me gustan las criaturas ariscas y que experimento gran simpatía por Annie, recordando que yo fui tan traviesa como ella ahora. Estoy segura de que esa pequeña tiene grandes disposiciones y de que únicamente necesita una dirección acertada para ser una mujercita tan buena como Daisy. O mucho me engaño o en esta casa haremos un angelito de ese diablejo revoltoso. Para lograr el milagro, bastará con imitar la conducta de mi madre.

—Y si consigues siquiera la mitad de lo que tu madre consiguió, milagro, y de los mayores, habrás hecho.

—Bueno; si te burlas de mí, te condenaré a tomar durante una semana café muy clarito —dijo mamá Bhaer.

—¿No se ha asustado Daisy, al pensar en las costumbres salvajes de Nan? —preguntó el maestro, besando a sus hijitos Teddy y Rob, que subían por sus rodillas.

—Puede que se asuste al principio, pero se tranquilizará en seguida; se entretiene mucho cuando Nan viene de visita y confío en que se han de llevar bien y se auxiliarán mutuamente. La mitad de la ciencia de enseñar consiste, a mi juicio, en saber lo que los niños pueden hacer los unos por los otros, y en saber cuándo es oportuno tenerlos juntos.


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