Hombrecitos
Hombrecitos —Espero que no será otro elemento de discordia, ni otra tea incendiaria.
—¡Pobre Dan! ¡No me perdono el haberlo dejado irse!
Teddy, al oír pronunciar el nombre de su amigo ausente, se bajó de las rodillas de su padre, corrió hacia la puerta, miró un rato, y volvió suspirando y diciendo:
—Mi Danny no vene.
—Debimos haberlo tenido con nosotros aun cuando sólo fuera en consideración al gran cariño que demostraba por Teddy; acaso ese cariño y la presencia del chiquitín habrían logrado lo que nosotros no pudimos lograr.
—Muchas veces he pensado en eso mismo, querida Jo, pero no era posible, al menos por ahora, mantener entre los niños un elemento de discordia ni continuar expuestos a perecer entre los escombros de la casa incendiada.
—¡Ya está la comida! ¡Voy a tocar la campana! —gritó Rob, y acto seguido principió a repicar con tal energía que hizo imposible que la conversación continuase.
—¿Quedamos en que puedo traer a Annie…?
—Y a una docena de Annies si quieres.