Hombrecitos
Hombrecitos Cuando aquella tarde regresó la tía Jo de su excursión en carruaje, antes de hacer bajar a los pequeñines que indefectiblemente la acompañaban, vióse salir brincando del ómnibus a una chica como de diez años, que entró gritando:
—¡Hola, Daisy! ¿Dónde estás…?
Daisy compareció satisfecha, pero se inquietó al oír decir a Nan:
—Vengo a quedarme a vivir contigo; papá lo ha dispuesto; mañana me mandarán el baúl, porque hoy no estaba lavada y arreglada toda mi ropa; tu tía ha ido a buscarme, ¿verdad que nos divertiremos?
—Sí, sí. ¿Has traído la muñeca grande? —preguntó Daisy, recordando que la muñeca Blanca Matilde quedara estropeada por haberse obstinado Nan en lavarle la cara.
—Sí la traigo, pero anda mal de la cabeza. Oye: te traigo una sortija hecha con cerdas arrancadas de la cola de «Vencedor». ¿La quieres…? —exclamó, ofreciéndole el cerdoso anillo, en prenda de amistosa reconciliación, pues hay que consignar que la última vez que se vieran, se separaron dispuestas a no volverse a hablar en la vida.
Agradecida ante obsequio tan espléndido, Daisy se mostró más afectuosa e invitó a Nan a visitar la cocinita. La recién llegada contestó: