Hombrecitos
Hombrecitos —De ningún modo; ahora quiero ver a los niños —dijo y salió corriendo y haciendo molinetes con el sombrero, hasta que se rompió la cinta y entonces lo dejó tirado en el patio.
—¡Hola, Nan! —gritaron los muchachos.
La chica se plantó en medio de todos y exclamó:
—Conste que me vengo a vivir aquÃ.
—¡Bravo! —exclamó Tommy.
—Ea, vamos a jugar a la pelota —propuso Nan.
—Ahora no jugamos a eso, y nuestro bando gana los partidos sin tu auxilio.
—Pues los desafÃo a todos a correr.
—Pero ¿corre mucho? —preguntó Nan a Jack.
—Bastante, teniendo en cuenta que es una chiquilla.
—¿Corremos o no? —observó Nan.
—Hace muchÃsimo calor —advirtió Tommy.
—¿Qué le pasa a Zampabollos? —preguntó Nan.
—Se lastimó una mano, jugando a la pelota; ese nene se queja de todo —contestó Jack, con cierto desdén.
—Yo nunca me quejo de nada —afirmó con orgullo Nan.
—¡Bah! ¡HabÃa que ver eso! —insinuó Zampabollos, algo picado—. Que no me dieran más trabajo que hacerte gritar antes de dos minutos.
—Vamos a verlo.