Hombrecitos
Hombrecitos —Eso no es verdad; yo no soy una niña pequeña, soy mayor que tú y que Daisy —rectificó Nan con ingratitud.
—No te metas a predicador, Diácono; ya sabemos que regañas con tu hermana un dÃa sà y el otro también —observó el Comodón.
—Pero nunca le hago daño, ¿verdad, Daisy? —preguntó Medio-Brooke, encarándose con su hermana, que estaba curándole las manos a Nan.
—Tú eres el niño más bueno que hay en el mundo y… si algunas veces me haces daño, es sin querer.
—Bueno —ordenó imperativamente Emil—, a bordo de este barco no consiento riñas ni barbaridades.
—¿Cómo estás? —preguntó papá Bhaer a Nan, a la hora de cenar—. Dame la mano derecha y modérate un poco… Pero ¿por qué me das la izquierda?
—Porque la otra me duele.
—A ver: ¿qué has hecho para que se te formen estas ampollas…? ¿Quién te ha causado tanto daño…?
Antes de que Nan pudiera excusarse, Daisy refirió todo lo ocurrido; Zampabollos, durante el relato, procuró taparse la cara con un tazón lleno de leche migada. Cuando Daisy terminó de hablar, papá Bhaer dijo a su esposa:
—Esto te corresponde a ti, asÃ, pues, me abstengo de intervenir.