Hombrecitos

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—Sí que está lejitos, pero me senté a descansar.

—¿Pesaba mucho el bulto…?

—Por su tamaño no he podido cargármelo bien.

—Pero ¿cómo te permitió sacarlo el jefe de la estación? —observó Tommy.

—No le dije nada; estaba en el despacho de billetes, me fui al muelle y tomé mi equipaje sin que nadie lo notara.

—Franz, ve inmediatamente a avisarle al señor Dodd, porque si no, el pobre viejo va a creer que lo han robado —observó Bhaer, riendo junto con los muchachos.

—Ya te dije que, si no lo traían, enviaríamos por tu equipaje. Debiste esperar para no verte en un compromiso grave. Prométeme no hacer locuras otra vez, o de lo contrario no dejaré que te separes de mí —exclamó tía Jo, limpiando el polvo de la encendida carita de Nan.

—Lo prometo; pero conste que papá me enseñó a no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy.

—Has interpretado mal el consejo de tu padre —dijo el maestro, y añadió dirigiéndose a su esposa—: Lo mejor sería que coma ahora y luego le des una leccioncita en privado.


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