Hombrecitos

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—¡Qué lástima! ¡Estoy tan contenta con las muñecas de papel que me regaló tía Amy…! ¿Tengo que quemarlas? —exclamó Daisy, sin soñar en desobedecer las órdenes del invisible déspota.

—No hay más remedio. Yo quemaré mi barco, mi libro de estampas y «todos» mis soldados.

—¡Vaya por Dios! Obedeceremos; pero «La Maranga» es atroz —observó Daisy, suspirando.

—Un «chacrificio» es renunciar a lo que más agrada; debemos resignamos —murmuró Medio-Brooke, que acababa de oír a papá Bhaer explicar las costumbres del pueblo griego.

—¿Nos acompañará Rob…?

—Sí, y lleva su pueblecito de madera, que arderá perfectamente. Hay que preparar una gran fogata.

Algo se consoló Daisy con la esperanza de preparar una gran hoguera; sin embargo, comió teniendo al lado el rollo de estampas, como si celebrase un banquete de despedida.

A la hora prevista, el cortejo de sacrificadores se puso en marcha, llevando cada niño los tesoros exigidos por la insaciable «Maranga». Teddy se obstinó en agregarse a la comitiva, y, viendo que todos llevaban juguetes, cargó con un corderito y con su veterana muñeca de goma Annabella.

—¿Dónde van, hijitos? —les preguntó mamá Bhaer.


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