Hombrecitos

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—A jugar a la roca grande.

—Bueno; pero no se acerquen al estanque; cuiden de Teddy.

—Siempre lo cuidamos —respondió Daisy.

Llegó el cortejo hasta la roca grande.

—Esta piedra plana es el altar; siéntense alrededor y no se muevan hasta que yo lo mande —dispuso Medio-Brooke.

En seguida se preparó una hoguera, y, cuando la llama brilló, el niño ordenó a sus ayudantes que, formando corro, diesen tres vueltas en torno del fuego.

—Muy bien; voy a empezar el «chacrificio» quemando mis juguetes; después entrarán los vuestros en turno.

Solemnemente colocó en la hoguera un libro de estampas; después un barquichuelo desmantelado, y, en fin, uno tras otro avanzaron a la muerte los soldaditos de plomo.

—Ahora tú, Daisy —ordenó.

—¡Pobres muñecas mías! —lloriqueó Daisy.

—Es preciso —exclamó Medio-Brooke.

—¿Podré conservar la del vestido azul…? ¡Es una muñeca bonísima!

—¡Más! ¡Más! —gruñó una voz terrible.


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