Hombrecitos

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—¡«La Maranga» se enfurece! ¡Reclama el «chacrificio» completo! Quema inmediatamente esa muñeca del traje azul o vendrá «La Maranga» y nos agarrará a todos.

No hubo remedio: la muñeca de traje azul y sombrero rosa convirtióse enceniza.

—Dispongamos bien el incendio del pueblo —murmuró el gran sacrificador—, coloquemos las casas y los árboles alrededor de la hoguera y dejemos que ardan.

Teddy, estimulado por el ejemplo de los demás, arrojó el corderito a las llamas, y, acto seguido, plantó sobre el balador rumiante a la veterana muñeca de goma. La muerte de Annabella aterró a los niños. La pobre muñeca estiró las piernas, como si estuviera viva; después agitó los brazos retorciéndolos, como si sufriera horrible dolor; en seguida dejó escapar un chirrido que semejaba angustiosa queja, y, por último, contrayéndose desesperadamente y ennegreciéndosele los ojos, dio un estallido y se hundió entre las ruinas del pueblo calcinado. Los sacrificadores se espantaron; Teddy salió corriendo y chillando en dirección a la casa.

Mamá Bhaer acudió a tomarlo en brazos; el nene balbucía asustado:

—Pobre Bella dañarfego… fego; toos flecos sememaron.


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