Hombrecitos

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La institución predilecta de todos era el club. Lo fundaron los mayores, y por gracia especial admitían a algunos de los chicos. Tommy y Medio-Brooke eran miembros honorarios, con voz y sin voto, y tenían que retirarse antes que sus consocios, cosa que no les agradaba. El club se reunía en cualquier lugar y hora; tenía establecidas ceremonias y distracciones rarísimas, y, aun cuando a veces se disolvía tempestuosamente, siempre se restablecía sobre bases más firmes.

Las tardes desapacibles los niños se congregaban en la escuela y se divertían jugando al ajedrez o a las damas, practicando esgrima, organizando debates o representando fragmentos de tragedias. En verano, el granero era el lugar de las reuniones. En las tardes calurosas el club se trasladaba al arroyo, y los socios, muy ligeritos de ropa, practicaban ejercicios acuáticos. Los discursos, en tales tardes, eran elocuentísimos, y para calmar el ardor de los oradores, se les propinaban chapuzones magníficos. Franz era el presidente del club y sabía mantener el orden. Papá Bhaer jamás intervenía en los asuntos sociales y, como premio a su discreción, era invitado a las asambleas más notables.




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