Hombrecitos

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Emil pasaba las horas de recreo en el arroyo o en el estanque, y, además, adiestraba a los compañeros para una carrera pedestre en competencia con los niños de la ciudad, que de vez en cuando invadían la casa de Plumfield. La carrera se efectuó, pero, como fracasara, vale más no hablar de ella. El Comodoro, triste por el mal éxito de sus enseñanzas, pensó retirarse a una isla desierta. Pero al no encontrarla, se consoló construyendo un dique.

Las niñas se divertían muchísimo. Su juego favorito era uno que les inventara tía Jo: «La señora Shakespeare Smith». Daisy era la señora; y Nan, la hija o la vecina.

Las aventuras de esta familia son incontables. En sólo una tarde se registraban nacimientos, matrimonios, defunciones, inundaciones, terremotos, saraos y expediciones aéreas. La mamá y la hija, con estrafalarios vestidos, se tumbaban en las camas, trotaban como briosos corceles, saltaban como corzos, y recorrían miles de leguas por minuto. Accesos de locura, incendios y degollinas generales, eran las calamidades que se registraban. La inventiva de Nan era pasmosa y Daisy la secundaba eficazmente. El pobre Teddy solía ser víctima de la «familia Shakespeare Smith» y a veces había que socorrerlo, pues las intrépidas suponían que era una muñeca más.


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