Hombrecitos

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La mamá, agradecida por los elogios tributados a su hija, anunció:

—Ahora vamos a tomar el té; siéntense y no escandalicen.

Resultaba graciosísima la gravedad con que la madre hacía los honores de la casa, y la paciencia con que sufrió los contratiempos que fueron ocurriendo. Un hermoso pastel saltó al suelo cuando quisieron partirlo con un cuchillo no muy afilado. El pan y la manteca desaparecieron como por encanto; la crema, por muy clara, hubo que tomarla bebida, en vez de tomarla elegantemente con cucharitas de lata. La señora Smith peleó con la doncella por la posesión del bollo más grande, y en el calor de la pelea. Bess echó a rodar el cesto de los bollos. Para consolarse se comió el contenido del azucarero. Durante la discusión, se eclipsó la bandeja de pasteles. La señora Smith se enojó. ¿No es intolerable, que nos escamoteen una docena de pasteles riquísimos, hechos con agua, sal, harina y una pasa en el centro…?

—¡Tú los has agarrado, Tommy! —gritó la señora amenazando al escamoteador con el jarro de la leche.

—Yo, no.

—¡Tú has sido!

—Esta discusión no es correcta —observó Nan, acabando de engullir todos los bizcochos que había en un plato.


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