Hombrecitos

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—Pueden marcharse, pero no volverán a hablar ni jugar con las niñas hasta que yo dé permiso para ello.

Los caballeretes se largaron, siendo recibidos con burlas y desprecio por Tommy, que estuvo sin reunirse con ellos lo menos… quince minutos.

Daisy se consoló del fracaso del baile, pero lamentó la prohibición de hablar a su hermano. Nan, gozando con lo ocurrido, se dedicó a reírse de los tres muchachos, especialmente de Tommy, que, alardeando de indiferencia, se complacía en declarar que estaba contentísimo viéndose libre de aquellas «niñas estúpidas». Pero estaba arrepentido; cada hora de separación le enseñó lo que valían aquellas «niñas estúpidas».

Los otros dos chicos deseaban reanudar la amistad, al verse sin Daisy que les mimase y obsequiase con meriendas, y sin Nan que los divirtiera y enseñase juegos. Lo peor era que mamá Bhaer, incluyéndose entre las niñas, parecía darse por ofendida y aparentaba no ver ni oír a los ofensores y estaba siempre tan ocupada que casi nunca podía complacerlos cuando le pedían algo. Esto llegó a preocupar profundamente a los chicos y después de tres días en aquel estado de anormalidad, acudieron a papá Bhaer en demanda de auxilio y consejo.


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