Hombrecitos

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Acaso el buen señor se hallaba prevenido; los pequeños nada sospecharon y recibieron agradecidísimos, aprestándose a cumplirlas, las instrucciones que les dio.

Se encerraron en la bohardilla y dedicaron muchas horas a la fabricación de una misteriosa máquina. Asia se quejó de que consumían mucho engrudo; las niñas sentían vivísima curiosidad; Nan procuraba atisbar u oír algo por las rendijas de la puerta, y Daisy lamentaba la separación y que hubiera secretos entre ella y su hermano.

La tarde del miércoles era espléndida; tras infinitas consultas acerca del viento y del tiempo, Nat y Tommy salieron llevando una inmensa superficie plana; oculta bajo muchos periódicos. Nan rabiaba de impaciencia; Daisy, sentíase muy ofendida. Entonces Medio-Brooke entró sombrero en mano en la habitación de mamá Bhaer, y dijo cortésmente:

—Tía Jo, ¿quieres venir, con las niñas, a recibir la sorpresa que les hemos preparado…? Ya verán qué cosa bonita.

—Gracias; iremos con mucho gusto; pero tengo que llevar a Teddy —contestó mamá Bhaer sonriendo.

—Vendrá con nosotros; el cochecito está preparado para ti y para las niñas, porque supongo que no querrán ir a pie hasta Monte Real.

—Bueno; ¿pero no crees que los estorbaré…?


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