Hombrecitos

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—¡De ningún modo! Si no vinieras, nos aguarías la fiesta.

—Muchas gracias. Vamos, niñas, no les hagamos esperar. Estoy impaciente por recibir la sorpresa.

En un periquete, las tres muchachitas y Teddy se acomodaron en la «canasta de la ropa», nombre que daban al cochecito de mimbre del cual tiraba el paciente borrico. Medio-Brooke iba delante; mamá Bhaer, escoltada por Kit, cerraba la marcha. La comitiva era imponente; el borrico llevaba en la cabeza una pluma roja; el cochecito lucía dos banderas; Kit ostentaba un lazo azul en el cuello; Medio-Brooke mostraba un ramito en el ojal de la solapa, y la tía Jo desplegaba, en honor de la solemnidad, la pintarrajeada sombrilla japonesa.

Las niñas iban animadísimas; y Teddy, para mostrar el regocijo que sentía, tiró, varias veces, su sombrero por alto. Cuando llegaron a Monte Real y no divisaron nada, sufrieron las pequeñas gran desencanto.

Medio-Brooke exclamó solemnemente:

—Quieto todo el mundo, hasta recibir la sorpresa.

Dicho esto, se retiró tras un peñasco, sobre el cual habían asomado varias cabecitas infantiles.

Hubo un compás de espera. Luego, Tommy, Nat y Medio-Brooke aparecieron llevando cada uno un barrilete, que ofrecieron a las niñas. Estallaron jubilosas exclamaciones y los muchachos impusieron silencio, diciendo:


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