Hombrecitos

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—Gracias, sobrino; yo sé hacerlo, y además aquí veo a un niño que me ayudará —afirmó la tía Jo, viendo asomar el semblante bonachón de su marido.

Papá Bhaer lanzó al aire el magnífico barrilete; tía Jo corrió para remontarlo, y los chicos aplaudieron entusiasmados.

Uno tras otro se elevaron los barriletes y flotaron en el espacio como vistosos pájaros. El viento era favorable. Chicos y grandes disfrutaron muchísimo haciéndolos subir y bajar, contemplando los cabeceos y evoluciones, y sintiendo los tirones que daban de las cuerdas, como si fuesen prisioneros ansiosos de libertad. Nan estaba loca de alegría; Daisy encontraba el juego casi tan divertido como las muñecas, y la minúscula Bess se encariñó tanto con su «lete asú», que apenas si quería dejarlo volar, prefiriendo guardarlo empuñado para admirar las grotescas figuras trazadas a brocha por Tommy.

Tía Jo se distrajo mucho y llegó a asombrar a los chicos con las diestras evoluciones que supo imprimir a su barrilete.

Poco a poco todos fueron fatigándose y entonces ataron las cuerdas a los árboles y se sentaron a descansar, menos papá Bhaer, que, llevando a Teddy, fue a dar un vistazo a las vacas.

—¿Ha pasado alguien un rato más delicioso que éste? —preguntó Nat, tumbado sobre el césped.


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