Hombrecitos
Hombrecitos Mamá Bhaer sentóse a repasar ropa blanca, pensando en el niño ausente. Convencida de que Teddy se habÃa equivocado, ni siquiera mencionó lo ocurrido a papá Bhaer, que escribÃa varias cartas. Ya habÃan dado las diez cuando tÃa Jo se levantó para cerrar la puerta de la casa. Se quedó un momento contemplando la hermosura de la noche, y algo blanco, que se destacaba entre un montón de gavillas esparcidas en el prado, le llamó la atención. Creyendo que era algún sombrero de paja olvidado por los muchachitos, se aproximó a recogerlo. Entonces vio que aquella mota blanca era una mano y una manga de camisa que asomaban entre las gavilladas mieses. Dio vuelta al montón, y se halló con Dan que dormÃa profundamente.
El pobre vagabundo parecÃa fatigadÃsimo y estaba andrajoso, sucio y escuálido; tenÃa desnudo un pie y envuelto el otro en un chaquetón. Se habÃa escondido entre las gavillas, y durmiendo, extendió el brazo que lo delató. DormÃa agitado, moviéndose, quejándose y hablando entre sueños; al fin, el cansancio lo rindió.
«No debe permanecer aquû, se dijo mamá Bhaer, y acariciando a Dan, lo llamó por su nombre. El muchacho entreabrió los ojos, sonrió y exclamó, como si continuase soñando:
—Mamá Bhaer, ya he vuelto a casa.
TÃa Jo, conmovida, incorporó a medias al niño y le dijo: