Hombrecitos
Hombrecitos Había llegado julio y comenzado la siega; los jardines de Plumfield estaban lindísimos y los días estivales eran encantadores y apacibles. La casa se hallaba abierta de par en par desde la mañana hasta la noche, y los niños, con excepción de las horas de clase, vivían al aire libre.
Una noche, tibia y perfumada, mientras los chiquitines estaban en el lecho y los mayores se bañaban en el arroyo, mamá Bhaer desnudaba a Teddy en el vestíbulo. De repente el bebé exclamó, señalando la ventana.
—Ahí «ta» mi Danny.
—No, hijito, no; es la luna.
—¡Ahí «ta» mi Danny! ¡Ahí «ta» mi Danny! —insistía alegremente el pequeño.
Mamá Bhaer corrió presurosa a la ventana, pero no vio a nadie. Después, salió a la puerta llevando a Teddy medio desnudo e hizo que el chiquito llamase a su amigo, para ver si de este modo atraía al forastero. Nadie contestó; madre e hijo entraron muy desanimados a la casa y Teddy, antes de dormirse, se incorporó varias veces en la cama, preguntando:
—¿Ha «vinido» mi Danny…?
Después todos los muchachos se retiraron a descansar, se hizo el silencio y sólo el chirriar de los grillos turbó la calma de la noche.