Hombrecitos

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El chico tomó unos sorbos de vino y luego comenzó a comer con ansia, dirigiendo tiernas miradas de gratitud a su bondadosa protectora. Cuando aplacó su hambre, principió a hablar con tía Jo.

—¿Dónde has estado, Dan? —le preguntó ésta mientras preparaba vendajes.

—Me escapé hace un mes; no me encontré a gusto y me fui río abajo con un barquero. Por eso no se supo de mí. Luego trabajé quince días con un labrador, pero peleé con su hijo, le di azotes y el padre me sacudió de firme; me fugué y me vine andando hasta aquí.

—¿Cómo has vivido…?

—Bien, hasta que me lastimé el pie. La gente me daba de comer; caminaba de día y de noche, y dormía en los pajares. Tomé un atajo y me extravié; si no, hubiera llegado antes.

—¿Adónde ibas, si no pensabas quedarte entre nosotros…?

—Quería ver a Teddy y a usted, y luego volver a la ciudad y trabajar; pero me sentí cansado y me dormí entre las gavillas. Me hubiera ido mañana, si no me hubiese encontrado.

—¿Lo lamentas?

Ruboroso y en voz baja, contestó Dan:

—No, señora. Me alegro mucho, pero temía que ustedes…


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