Hombrecitos
Hombrecitos Dan oyó un crujido suave, como si mamá Bhaer diese a su marido las gracias, sin palabras. Dos lágrimas surcaron las sucias mejillas del muchacho; nadie las vio, porque se apresuró a enjugarlas. Pero aquellas lágrimas, que ni el hambre, ni el dolor, ni el desamparo, habÃan conseguido arrancarle, aquellas lágrimas de gratitud, probaban que en el alma de Dan existÃa y crecÃa sincero cariño hacia sus generosos protectores.
—Ven y mÃrale el pie; temo que la herida sea grave, porque lleva tres dÃas sufriendo con ella. Ese chico es un valiente y será un hombre de provecho.
Entraron a ver a Dan que dormitaba y que trató de levantarse al ver a papá Bhaer. Este le dijo jovialmente:
—¡Hola, buen mozo! ¿Te gusta más Plumfield que la casa del señor Page? Bueno, bueno; veremos si ahora te portas algo mejor que antes.
—Muchas gracias, señor.
—A ver ese pie. Hum… No me gusta. Mañana avisaremos al doctor Firt. Jo, trae agua hervida y algodones.
El señor Bhaer lavó y vendó la herida. La tÃa Jo preparó la camita (única disponible en la casa) en una habitación que daba al vestÃbulo. Papá Bhaer tomó en brazos al paciente, le ayudó a desnudarse, lo acostó, y se despidió dándole un apretón de manos y diciéndole afablemente: