Hombrecitos
Hombrecitos —Buenas noches, hijo mÃo.
Dan durmió algunas horas, después se despertó febril y con el pie muy dolorido, procurando no quejarse para no molestar a nadie. El chico, en efecto, era valiente y sufrido.
TÃa Jo acostumbraba dar una vuelta por la casa a medianoche, para cerrar ventanas, correr el mosquitero de la cuna de Teddy y cuidar de Tommy, que era algo sonámbulo. TenÃa el sueño muy ligero, y al oÃr los quejidos sofocados de Dan se levantó, se puso una bata y acudió a la cabecera del enfermo.
—¿Qué te duele, hijito…?
—El pie; pero me disgusta que se haya molestado.
—Yo soy como la lechuza, que pasa las noches revoloteando. Pero… ¡tu pie abrasa! Hay que refrescar los vendajes.
La maternal lechuza salió y volvió en seguida con vendas nuevas y un jarro de agua muy frÃa.
—¡Ya estoy mejor! —suspiró Dan.
—Pues duerme y descansa; ya daré por aquà otra vuelta.
En aquel momento, Dan le echó los brazos al cuello, la besó y balbuceó:
—MuchÃsimas gracias, señora.