Hombrecitos

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Aquellas frases encerraban ternuras, elocuencias, arrepentimientos y promesas que emocionaron a mamá Bhaer. Recordó que aquel niño era huérfano, lo besó amorosamente y se alejó diciéndole estas frases que Dan jamás olvidó:

—Desde ahora eres mi hijo; procura que me enorgullezca y regocije proclamándolo así.

Al amanecer volvió mamá Bhaer a visitar al enfermo, pero estaba tan dormido que ni sintió la renovación del vendaje.

Aquel día era domingo, y la casa estuvo tan tranquila que el muchacho no se despertó hasta el mediodía; al entreabrir los ojos vio una carita sonrosada que asomaba por la puerta; extendió los brazos y Teddy entró dando brincos, se encaramó en la cama y gritó desaforadamente:

—¡Mi Danny ha vinido! ¡Mi Danny ha vinido!

Gritando, Teddy besaba, abrazaba y zarandeaba a su queridísimo amigo. Mamá Bhaer llegó con la comida, y Teddy se obstinó en dar el almuerzo a Dan, y, en efecto, le dio de comer como si el enfermo fuera un chiquitín, y viceversa.

Después llegó el doctor y practicó la cura, que fue dolorosísima, porque algunos huesecillos del pie estaban salidos y hubo que colocarlos convenientemente. Dan no exhaló un ¡ay!; únicamente se le vio palidecer, sudar y oprimir las manos de tía Jo.


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