Hombrecitos
Hombrecitos —Este niño se estará quieto una semana sin que se le permita poner el pie en el suelo. Luego ya veremos si, apoyándose en una muleta o en un bastón, puede andar un poquito por el cuarto —ordenó el doctor Firt.
—¿Me pondré pronto bueno? —preguntó Dan.
—Espero que sà —dijo el doctor, marchándose y dejando al paciente muy abatido, ya que la inacción era para él una calamidad horrenda.
—No te apures; yo soy una gran enfermera y muy pronto estarás corriendo y brincando a tus anchas.
Dan se asustó temiendo quedar lisiado, y ni aun las caricias de Teddy le animaron. Mamá Bhaer le propuso llamar a algunos de los niños para que le hiciesen una visita breve.
—Me gustarÃa ver a Nat y a Medio-Brooke, y quisiera tener aquà mi sombrero, para enseñarles algo que he traÃdo dentro. ¿Supongo que no habrá usted tirado mi ropa?
—No; todo está guardado, porque supuse que traÃas algún tesoro al ver cómo la cuidabas —dijo mamá Bhaer, trayendo el sombrero, en el cual habÃa pinchado insectos y mariposas de brillantes colores, y un pañuelo rojo que contenÃa huevecillos de pájaros envueltos en musgo; piedrezuelas muy lindas, esponjas minúsculas y varios cangrejitos vivos.
—¿Habrá dónde guardar estos bichitos, que cacé con el señor Hyde…?