Hombrecitos

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—No sabrán buscar; y, además, si no puedo ni estudiar ni trabajar, ¿cómo ganaré cajones…?

—Sin moverte puedes aprender y trabajar para mí.

—¿De veras…?

—Sí; puedes aprender a tener paciencia y buen humor, a pesar de sentirte dolorido y privado de jugar; puedes distraer a Teddy, ayudarme a devanar madejas, leerme mientras coso y hacer otras muchas cosas útiles y entretenidas.

Medio-Brooke entró presuroso, con una mariposa muy grande y muy linda, en una mano, y con un sapo muy chico y muy feo en la otra.

—Mira, Dan, los he encontrado y he venido corriendo a traértelos. ¿Verdad que son lindísimos…?

Dan se rió del sapo y dijo que no tenía dónde guardarlo, pero aceptó la mariposa y pidió a tía Jo un alfiler para clavarla.

—No me gusta ver sufrir a los animalitos; si hay que matar a la mariposa, mátala con una gota de alcohol alcanforado —exclamó mamá Bhaer, ofreciendo un frasquito.

—Sé cómo se hace; así las mataba el señor Hyde, pero como yo no tenía alcohol alcanforado… —observó Dan, dejando caer diestramente una gota del líquido en la cabeza de la libélula.

De repente oyeron a Teddy que decía:


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