Hombrecitos

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La chiquillería había formado corro en torno de Bess, admirando los áureos cabellos, el delicado rostro y el lindo vestido de la «Princesita» —que así la llamaban—, sin atreverse a besarla, porque Su Alteza no lo permitía. La pequeña se sentó en medio del grupo infantil, y hasta se dignó conceder algunas caricias. Rob la miraba como a una muñeca fragilísima y la adoraba a respetuosa distancia, dándose por satisfecho por cualquier muestra de afecto de la Princesita. Esta quiso ver la cocina de Daisy, y allá fue, guiada por tía Jo, y seguida de nutrido y jubiloso cortejo. Otros se largaron hacia el parque zoológico y hacia los jardines, para ponerlo todo en orden, pues el señor Laurie acostumbraba a girar en visita de inspección general y se afligía si las cosas no marchaban bien.

Ante la puerta, sólo quedaron el visitante, Dan, Nat, y Medio-Brooke.

—¿Cómo va ese pie? —preguntó el señor Laurie a Dan.

—Mejor, señor.

—Pero te aburres en esta casa, ¿verdad…?

—¡Figúrese usted…! —contestó Dan, mirando ansiosamente el campo abierto.


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