Hombrecitos

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—No; no debemos abusar. Tengo que visitar los huertecitos, asomarme a la cochera y charlar un rato con tía Jo —contestó el buen señor, y, dejando a Dan descansando en el diván y hojeando el libro, salió a ver a los otros chicos que andaban buscándolo. Mientras las pequeñas cocinaban preparando una comidita, mamá Bhaer tomó asiento junto a Dan y escuchó el relato del paseo, hasta que volvieron los demás, polvorientos, sudorosos y muy excitados con la idea del museo, que se consideró unánimemente como la más perfecta e importante del mundo.

—Siempre experimenté la necesidad de fundar una institución, y voy a comenzar por ésta —murmuró el tío Teddy, ocupando un taburete a los pies de tía Jo.

—Yo ya he fundado una; ¿qué nombre le das? —preguntó la excelente señora señalando a los chicos que la rodeaban.

—El admirable jardín Bhaer, al cual pertenezco, para mi orgullo. ¿No sabes, Dan, que soy el mayor de los alumnos de esta escuela? —dijo Teddy cambiando de conversación, porque no quería que le dieran las gracias.

—¡Creí que era Franz! —contestó Dan, asombrado.


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