Hombrecitos
Hombrecitos —Nada de eso; yo soy el primer niño que tÃa Jo tuvo a su cargo, y fui tan travieso que, a pesar de los años y de mis buenos propósitos, aún no he logrado corregirme.
—¡Qué viejecita debe ser mamá Bhaer! —murmuró inocentemente Nat.
—Empezó muy joven. A los quince años ya estaba educándome, y le di tantos disgustos que me asombra no verla completamente arrugada y encanecida.
—No exageres ni te difames —observó tÃa Jo, acariciándole como a un niño. Por ti, por tu auxilio y estÃmulo existe esta casa-escuela Plumfield, mi sueño dorado. Mis alumnos deben estarte agradecidos y denominar a la nueva institución «Museo Laurie», para honrar a su fundador. ¿Verdad, hijos mÃos…?
—¡SÃ! ¡SÃ! —vocearon jubilosamente los pequeñuelos.
Saludando en acción de gracias, el tÃo Teddy exclamó:
—Tengo más hambre que un oso. ¿Hay algo que devorar?
—Medio-Brooke, corre y pÃdele a Asia la cesta de las galletas, aun cuando está prohibido tomar nada entre comidas, hoy haremos una excepción —dijo tÃa Jo y, cuando llegó la cesta, repartió las galletas.
Todos comieron. De repente murmuró el señor Laurie: