Hombrecitos
Hombrecitos —¡Dios me valga! ¡Me olvidé del encargo de la abuela!
Corrió al carruaje y volvió con un paquete que, al ser abierto, mostró una abundante colección de animales y objetos hechos con harina y azúcar, y dorados al horno.
—Hay uno para cada niño, y cada cual trae su indicación. La abuela y Hanna hicieron estas preciosidades. ¡Qué hubiera ocurrido si llego a olvidarme del encargo!
Se hizo la distribución de las pastas. Para Dan, un pez; para Nat, un violín; para Medio-Brooke, un libro; para Tom, un mono; para Daisy, una flor; para Nan, un barrilete; para Emil, una estrella; para Franz, un ómnibus; para Zampabollos, un cerdo muy gordo; y para los demás, pájaros, gatitos y conejos, de ojos negros y brillantes.
—Vaya, me marcho; ¿dónde anda «Pelito de oro»…? Mamá se impacientará si tardamos —dijo tío Teddy, una vez terminada la merienda.
Las niñas estaban en el jardín, y mientras Franz iba a buscarlas, el señor Laurie y tía Jo siguieron hablando.
—¿Qué tal marcha Torbellino? —preguntó el tío Teddy.
—Muy bien; se ha vuelto modosita y empieza a suavizarse.