Hombrecitos

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Realmente, el local era agradable, ventilado, limpio y alegre. Una enredadera asomaba sus campánulas azules por la abierta ventana; en el centro de la habitación lucía el acuario lleno de peces de colores, de helechos, musgos y culantrillos. Flanqueaban los muros, alacenas y anaqueles dispuestos a recibir los tesoros que los niños recogiesen. La cajonera grande de Dan ocupaba el hueco de la puerta principal, que se había clausurado, habilitándose otra pequeña para uso diario. Sobre una vitrina destacábase un ídolo tan feo como interesante, regalo del señor Laurie. También regalo del mismo era el junco chino que se destacaba en la mesa central del museo. Hábilmente disecado, lucía el canario donado por la tía Jo. Las paredes estaban adornadísimas, con una camisa de culebra, un gran nido de avispas, una canoa de corteza de abedul, flores de algodón, musgos del Mediodía, y colecciones de huevos de pájaros. También figuraban: murciélagos muertos, una concha de tortuga y un huevo de avestruz que proporcionaba a Medio-Brooke la satisfacción de lucirse explicando a sus compañeros las raras costumbres de las aves gigantes. Las piedras abundaban tanto, que sólo se colocaron en los estantes las más notables.





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