Hombrecitos
Hombrecitos Todos sentían vivo deseo de hacer algún donativo. Silas entregó un gato montés relleno de estopa, que cazó en sus mocedades. Verdad es que el animalito estaba tan apolillado, que la estopa se le salía por los agujeros de la piel; pero, colocado en alto, sobre un travesaño, dejando ver los dientes y el brillo de los ojos de cristal, resultaba tan efectivo que asustó a Teddy, al entrar para ofrecer al museo una nueva joya: un capullo de gusano de seda.
—Pues, señores, esto es una preciosidad. No sospechaba yo que tuviéramos tantas cosas bonitas y curiosas. Propongo formar un fondo, cobrando entrada a los visitantes —exclamó Jack.
—Este museo debe ser público y si se toma como negocio borraré el nombre escrito sobre la puerta de entrada —observó tío Teddy.
Jack bajó la cabeza avergonzado.
—¡Silencio! Que está hablando el señor Laurie —dijo papá Bhaer.
—De ningún modo; estoy avergonzado; léeles tú algo; tú tienes costumbre de ello —contestó tío Teddy, escabulléndose.
Mamá Bhaer lo detuvo, y riendo al ver la cantidad de manos sucias que se agitaban y palmoteaban, murmuró: